El comadreo solo sucede en la cocina

Por: Sofía Gil-Quintero

Es 31 de diciembre y el comadreo solo sucede en la cocina. Afuera, sentados en el comedor o en la sala, los hombres de la familia hablan de temas serios e importantes… o de viejas. Adentro, en la cocina, yendo de un lado a otro, moviendo incesantemente las manos, agudizando todos los sentidos, las mujeres cocinan y hablan de ellas entre ellas.

Sobre el mesón de la cocina, una de las mujeres pica tomate mientras, al lado, otra pica cebolla. Entre el constante subir y bajar de la mano, el trazo certero del cuchillo y los aromas húmedos y potentes de las verduras, se susurran historias de desamor. Una de las mujeres culpa a la cebolla de sus lágrimas, mientras la otra intuye a qué se deben verdaderamente y la consuela.

En un rincón, la más pequeña de todas las mujeres acerca su boca al oído de la abuela y le dice: “hay una mancha roja en mi calzón”. La abuela, con el ceño fruncido, le explica entre murmullos en qué consiste esa cosa llamada regla. “Vaya y póngase una de las toallas higiénicas que tengo en el cajón de mi baño. Le voy a hacer una bebida para los cólicos y… por favor, no vaya a decir que tiene eso delante de los hombres”.

En la estufa, una mujer revuelve las tajadas. Aunque pareciera que está muy concentrada en su tarea, lo que piensa mientras mira fijamente el aceite hirviendo no es que ya está oliendo a quemado. Piensa en qué pasaría si la familia se enterara de que la noche pasada, volviendo de cine, se dio un beso con su amiga escondidas en una de las sombras que concede la noche.

En la olla caen especias, sales, aceites y sentires. Una mujer, oliendo lo que emana de la olla, mirando detenidamente la textura de su menjurje y saboreando casi con atención sobrehumana, piensa que no debería pensar tanto, pues cocinar se trata de sentir. Ella sabe que los pensamientos, saltarines e inquietos, se meten entre la comida para luego hacer casa en la barriga de los comensales.

Llega la hora de servir. Primero se sirve a los hombres, luego a los más chicos y, por último, se sirven ellas mismas, pues no importa si no alcanza para ellas: “primero los demás”. Todas y todos se sientan en el comedor. Las mujeres ya no hablan de ellas, se acomodan a la conversación de los hombres, que muchas veces supone quedarse calladas. Sin embargo, adentro de cada una, sigue la constante reflexión sobre ellas mismas, el constante cuestionamiento de sus vidas. En esta casa, el comadreo solo sucede en la cocina.

*Este texto fue escrito después de reflexionar sobre la obra Hereda de María Alejandra González, la cual hace parte de la muestra artística Fragor Herbero, expuesta en mayo de 2022 en el Museo La Tertulia, en Cali, Colombia

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