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En medio de sus obras, Wilson Díaz con voz pausada habla de la creación, de procesos, de épocas, teorías y formas de vida. Con la exposición “Destemplado”, cierra un capítulo formal, se gradúa para el documento, para un sello que  demuestra  una vez más, que un título no hace un maestro, sobre todo cuando este ya se ha hecho a través de dos décadas  y que continúa aún en los procesos formativos a través de sus obras y como profesor del Instituto Departamental de Bellas Artes que hizo posible a través de una arqueología, de una investigación, la homologación de la teoría por la práctica de cada una de sus exposiciones, performances, intervenciones, premios, etc, de un artista que hizo de la teoría aprendida en salones, creación basada en la experiencia, en su manera de ver y concebir el mundo.

Y bien podría tratarse de una suerte de retrospectiva, sin embargo Díaz recopila, crea y organiza una serie de obras en torno a un tema con profundas implicaciones para la política mundial como el de la Coca. Pero no la cocaína, sino el de la planta, como lo muestra en el Movimiento por la Liberación de la Planta de Coca o  en el registro que hace de la misma en jardines de la ciudad, en los espacios de la sociedad de mejoras públicas o el regreso una vez más sobre etimologías, mitos, creencias y procesos de producción. Aquí no son necesarias las líneas de coca, ni el señalar acciones en torno a un consumo volviendo a lo obvio, porque la planta tiene una dignidad, un legado a través de las lenguas y maneras de ser nombrada.  Una historia que está ligada a sus semillas y las de otras especies, como la del aguacate, del cual el artista toma la pepa y con su tintura acompaña dibujos que hacen referencia a este.

Sus obras, aunque no señalan con el dedo un problema o temas políticos, abordan relaciones que se establecen de parte de la sociedad con los temas que le competen a través de unos códigos establecidos, así, en unas acuarelas pequeñas, Wilson Díaz muestra por ejemplo, la relación que se tenía con el Cacao sabanero y la Coca en la inquisición, donde era satanizada por satanizar los “indios” que consumían estas plantas americanas equinocciales, acuarelas acompañadas por textos hechos con carbón de Coca que narran tales comportamientos, desconocidos por los frailes de la época. En otra acción, como si se tratara de una cuestión de potencia y acto, Díaz ingiere entre treinta y cuarenta semillas de Coca, luego viaja a Curazao donde las defeca y frente a la problemática de sembrarlas, darles cuido y poder verlas como acto, la acción se interrumpe por el discurso legal que supone la planta y el proceso de la misma, aunque para producir, se necesiten por supuesto, más que treinta semillas.

Otra dificultad supuso el desarrollo de la obra Fallas de Origen en Francia, en donde las plantas acompañan la instalación ya que funcionan perfectamente como un elemento decorativo más, sin embargo, no fue posible exhibirlas por los mismos requerimientos legales aunque se planteó una solución que requería, casi “falsear” la obra al sugerir colocar otras  que también eran muy “parecidas”. Suficiente se falsea la realidad como para quitarle a la obra los planos auténticos que la configuran como tal a través de su concepto y contexto, la obra se exhibió sin estas, pero el sentido de la prohibición acompañó los espacios que dejó la Coca.

Las obras narran instantes, reflexionan en torno, acompañan la construcción de los imaginarios y la cultura misma, Díaz reúne diferentes momentos de la planta en sí, abordando a través de los años su propia obra, desde la siembra y recolección de semillas, pasando por la poda del arbusto hasta el proceso de producción de la base de coca para materializar conceptos frente al hacer artístico y personal en el que cada momento de este método se aplica para la cotidianidad. En un resbalón contingente con la cáscara de un banano, el artista muestra los modos en que la vida misma se va construyendo en lo que somos, en los procesos, haciendo, se hace a sí mismo, re afirma una posición, construye una identidad desde múltiples perspectivas que son propias, pero se dirigen a través del lenguaje plástico, a cada uno de nosotros.

 

 

Luis Felipe Vélez F.

Cali, 2017

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