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pocillo

“En primer lugar existió el Caos (…) Del Caos surgieron Erebo y la negra Noche.”

Hesíodo.

Bajo la idea del fallo y el error intencionado, se articulan una serie de piezas en el espacio “La Quincena” en la exposición “Traspieses. Tropiezo, desliz, trampa” que prevén el inconveniente y propician la equivocación. Es el traspié como posibilidad de creación. No es casual lo que ahí sucede, es una de las respuestas a la estructura de la sociedad fundada en la pretensión del orden, idea humana que luego resultó divina. Desde las cosmogonías primigenias donde el Caos da paso al todo, o desde la modernidad donde a partir de la tecnología se pretende evitar el yerro, hay en la palabra improvisto o imprevisto, algo que se escapa a la intención de dominio humano, del ojo que todo lo quiere ver. ¿Cómo saber, qué sucederá después? Es esta duda el punto de partida de las piezas allí reunidas, no hay paso a la incertidumbre, si falla, funciona.

Un bloque de tiza con la forma clásica de la casa de palitos amarrado a la puerta como un perro para que no se vaya da la bienvenida a la exposición. Las obras de la muestra no tienen un nombre específico, son designadas con su nombre de cosas, “los pocillos” “los soldados derretidos”  “La proyección de coreografías” “El vídeo y los carteles” literal. Así no se requiere una ficha técnica que diga por ejemplo estos pocillos se llaman “fragmentación del universo domestico bajo la opresión de la figura paternal” son lo que son. “La casa de tiza y el vídeo” se compone del mencionado bloque amarrado en la puerta y de un vídeo que narra el andar de una persona que arrastra un bloque de tiza cual Sísifo con su piedra por las callejuelas de una ciudad por la que va dejando su marca levantada por el viento y los carros al pasar. La tiza que nos recibe a la entrada no es la misma tiza del vídeo, pero en la época de la reproductibilidad, es la tiza.

general

“Los videojuegos” es una instalación de dos televisores con videojuegos, uno de pelea y el otro de suspenso, los controles están intervenidos ya sea porque uno tiene forma de pedestal y los botones están dispersos por el mismo, o ya fuera porque el otro control tiene los mandos invertidos. Esta pieza exige del espectador interacción, la misma que se tiene en la casa o en la calle con las maquinitas. Al cabo de un rato y acomodados como fuese posible, el que quisiera jugaba en la exposición adaptándose a lo que la pieza quería. “Los pocillos” piezas de colección de vajillas, están puestos deliberadamente rotos en la pared confundiendo, sino fuera por el brillo de la porcelana, su blancura fragmentada, con la pared que de reposo les sirve.

Como un plato de colección que trae la tía de Venecia, estos pocillos expuestos, desconfigurados como tal, siguen siendo lo que son, sin forma, pero cargados de la idea de pocillo, referenciados por el nombre de lo que eran. Igual que “Los soldados derretidos” obra compuesta de pequeñas masas de soldaditos de colores derretidos que ya sometidos al calor se funden en uno y lo mismo perdiendo el límite entre uno y otro, desapareciendo lo que alguna vez los hizo diferentes entre sí. El amorfo resultado multicolor borra la línea de una identidad material que con soldados de carne y hueso llega a ser también espiritual. Todos creen lo mismo, todos luchan por lo mismo. Fe en la causa. “Las planas” por ejemplo, son repetitivas, acaso seriales en su representación, pero diferentes, no son copia de la copia, sino original repetido como copia. Esas imágenes sacadas de la más brumosa realidad se articulan como palabras en cuyo lenguaje dicen algo, estructuras comunicativas enlazadas cual cadena material pero ininteligible.

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La internacional Errorista, hizo presencia con la instalación “Somos Indios Muchos” nombrada en la exposición como “El vídeo y los carteles”. En esta se presenta un vídeo de la acción llevada a cabo por la “Brigada de la internacional Errorista de Colombia” en la ciudad de Popayán en el año 2012 la cual consistió en una re-significación del lenguaje “que se ha utilizado históricamente para referirse de manera despectiva a las comunidades indígenas” a través de una comunicación directa con los transeúntes que podían acercarse a un micrófono a decir lo suyo, por medio escrito en panfletos que se entregaron por toda la ciudad o por el juego irónico entre imagen significado y texto de una carreta con un bulto de papas, muchas de las cuales se encontraban amarradas a infladas bombas de colores. La obra trae el conflicto vivido recientemente por el paro nacional agrario, su estigmatización y problemática que permanece y se remonta más allá de los orígenes de la república.

Cerca de ésta, acompañada por una hilarante canción, la pintura de “Las canciones y el cuadro de la caja de dientes” desprovista de carne y humanidad, como si de una sardónica sonrisa se tratase, ofrece otro tipo de corporeidad, una que trae la referencia del uso del objeto representado, caricaturizado, más allá del uso humano, para quienes fue hecho. La satírica voz que canta parece venir del cuadro que no habla. Por otro lado, en el vídeo de “La proyección de coreografías” lo que para algunos podría ser ridículo es en este caso un festivo tour por diversos escenarios de Cali y sus alrededores (incluyendo una cocina) acompañado de la más variada mezcla musical, que va desde Juan Gabriel y Rocio Durcal, hasta Michael Jackson y el Mar de emociones. Eso sin olvidar los bailes que aparentemente organizados, caían en el tropiezo y en la espontaneidad humana no formal de las grandes coreografías. Lo común frente al vídeo, era el esbozo de una sonrisa que cuestionaba lo que veía o simplemente se divertía con las intervenciones en medio de la calle, con la ciudad, el cañaduzal o el río como pretexto.

video

Esta exposición de lo que no es, de lo que podría llegar a ser como posibilidad frente nuestros ojos, todo sometido y en juego frente a la contingencia, es la perpetua opción del inconveniente, del fallo in-esperado, que acaso por su cotidianidad forma parte del diario vivir, error premeditado, buscado y supeditado a la acción. Errar como opción, no la perfección.

Luis Felipe Vélez

Bogotá, Octubre 2013

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