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Es Bergson en el primer capítulo de Materia y memoria quien formula la identidad entre la imagen y el movimiento, esta identidad definirá la constitución del universo material entendido como el conjunto de las imágenes que se transmiten sus movimientos. En este plano universal de la materia, la imagen no puede definirse como algo representado por un sujeto percipiente sino como todo lo existente aunque no haya nadie para presenciarlo. Antes de hablar del movimiento, la imagen es “lo que aparece”, es decir, lo que en universo material llega a la existencia; por esto ya no es a una apariencia para alguien sino la coincidencia del ser y el aparecer. Con respecto al movimiento, la imagen, como la noción que designa todo lo que aparece, constituye el movimiento universal, que es definido como el conjunto de acciones y reacciones entre imágenes. Así, si la imagen designa lo que aparece y lo que aparece está en movimiento, debemos hablar de la imagen que es movimiento o de imágenes-movimiento.

La identidad entre la imagen y el movimiento se refiere al conjunto de acciones y reacciones entre imágenes; dado este punto es posible señalar un nexo, aunque aún sea relativo, entre la imagen y la percepción que ocurre en la medida en la que cada imagen, definida por la respuesta a una acción recibida, sólo reacciona ante los movimientos que recibe según su constitución, es decir, que es capaz de recibir, como si aislara un conjunto determinado de movimientos. Esto define una aptitud inherente a la imagen pues, prescindiendo de una conciencia receptiva, se trata del movimiento en función de imágenes para nadie o más bien para otras imágenes. Si bien puede decirse que el sentido de los movimientos se ve determinado por la constitución de la parte dentro del mundo material, el vínculo entre la imagen y la percepción se vuelve específico en el momento en el que una imagen surge estableciendo un centro en el que es aislado un conjunto finito de afecciones y con él surge también un lapso de tiempo entre la acción y la reacción.

El término “centro” se refiere a un tipo específico de imagen, es usado por Bergson para referirse a imágenes especiales pues logran retener el movimiento recibido y por lo tanto dilatar la reacción ejecutada. Así, dentro del universo de las imágenes que son movimiento, comenzaremos a tratar con la  aparición de un lapso, que será entendido como un retardo entre la acción recibida y la reacción producida. A partir de este lapso en el movimiento se especificará el lugar del cerebro que, como todo lo que aparece, es también una imagen; lo que se concreta con la aparición de una brecha son las imágenes vivientes, éstas se constituyen como centros pues con ellas aparece la posibilidad de un retardo en el movimiento cuya mayor dilatación se alcanzará con la materia cerebral. El retardo implica que la acción sufrida sea fijada y aislada, por esto, a partir de la retención de una afección dada podemos describir la percepción como un umbral: cuando hablamos de la imagen visual, imagen olfativa, táctil, pero al mismo tiempo cuando se designa lo que pasa bajo este umbral de percepción y que se nos escapa sin dejar por esto de ser una imagen.

Tratar el cerebro como una imagen entre otras lo despoja de cualquier alusión a la interioridad de una conciencia, literalmente será tratado como una parte del movimiento material, cuya especificidad está en que con ella también ha aparecido el mayor retardo posible entre un movimiento recibido y un movimiento ejecutado. Como la parte más compleja del universo material –el cerebro data de la explosión cámbrica (500 millones de años) –, dar cuenta de su complejidad implica mostrar que como imagen especial tiene el lugar de un centro que hace parte de un circuito más amplio. Si pensemos en las vías de una ciudad, “el movimiento no se detiene y tampoco es exterior a un peatón, si éste comporta alguna interioridad es la otro conjunto de vías: un estimulo puede venir del exterior de un transeúnte, pero al ´interiorizarse` no hace otra cosa que perderse en otras vías, manojos de nervios y fibras musculares, para llegar, tal vez, a indiferenciarse en una masa gris cuyo tramado, por tupido y denso, le hace, en la mayoría de ocasiones, perderse en el olvido” [1]

El cerebro se define por constituirse como un intervalo en la continuidad del movimiento y es a partir de ese lapso que será posible la formación de otro tipo de imágenes. Como materia compleja y como un centro en el universo material, el cerebro es una imagen especial y nada ocurre en su interior que no venga del movimiento que la hace posible; por esto el cerebro no es un productor de imágenes, más bien tiene lugar en un medio dado que implica un número finito de centros (siempre en movimiento) y es esta interacción la que posibilitarán la formación de otros tipos de imágenes. De esta manera, nos encontraremos con la especificación de tipos iniciales de imágenes, con su posibilidad, en el momento en el que el movimiento material se relaciona con brechas o intervalos, es decir, con centros. Un retardo en la serie del movimiento es la condición de posibilidad para la aparición de la imagen especial y para la formación de otras imágenes que determinarán lo que somos, a saber, inicialmente aparecemos como un compuesto de imágenes que serán definidas como percepciones, acciones y afecciones. Estos serán los tres tipos de imágenes principales.

Hasta este punto la imagen aparece como un hecho puramente material, dada esta condición, se deberá encontrar  el vínculo que relacione a este compuesto que somos con la experiencia del tiempo, pues será a partir del tiempo que será posible establecer la relación entre la imagen y el pensamiento. La primera referencia al tiempo se establece con el movimiento que va de la acción a la reacción y está en la base de toda la espacialización que ha sufrido la comprensión del tiempo. Con la aparición de un retardo en el movimiento llega también una aprehensión del tiempo pues esta brecha espacial es un intervalo temporal que envuelve la percepción, la afección y la acción. Si bien se ve con esto un tiempo ligado a la sucesión del movimiento material, abordar el vínculo de la imagen con el tiempo implicará llevar su análisis hasta evidenciar su condición problemática, que estará en concebir que éste no se limita al movimiento de la extensión. Tendremos  la necesidad de ver cómo es que el tiempo se constituye como una potencia independiente, pero inicialmente es a partir de la percepción, la afección y la acción que será posible hacer una primera aproximación. Para abordar la particularidad de nuestra relación, como imágenes especiales, con el mundo material, diremos que al existir, en virtud de la percepción la afección y la acción, quedamos involucrados en una relación de superioridad e inferioridad con las cosas que nos rodean, es decir, estamos definidos por esta relación en virtud de las imágenes que nos componen.

En primer lugar, dentro del movimiento universal de las acciones y reacciones bastará con que se dé un intervalo entre movimientos para tener, en principio, la percepción. Percibir significa sentir en el orden de las afecciones y lo que ganamos, con el propio intervalo, es tiempo para aplazar la reacción. Al otro lado del intervalo, se hace evidente la superioridad de la acción, pues estará en que podemos reaccionar según el principio de utilidad; la precariedad está en que en tanto obramos, esto nos sitúa en el orden del duelo. Si lo que define la imagen especial es una brecha, la percepción y la acción son como sus dos límites. El caso de la afección será diferente pues ocupa la brecha sin llenarla, lo que sugiere que, a diferencia de la percepción, el sujeto y el objeto coinciden como en una auto-percepción. Las imágenes especiales se experimentan desde adentro y a esto ya no se le llamará percepción sino afección. Me experimento desde dentro como estando entre la excitación que recibo y la acción que ejecuto. Por un lado, una imagen especial está vacía pues es pura posibilidad como capacidad de acción, a su vez, es temerosa por estar siempre  punto de ser excedida por la potencia de cualquier cosa. Así, la afección define nuestra inferioridad como incapacidad de reacción: es una situación de inferioridad la de sentir una intensidad ante la que somos aplastados.

Si en esta relación de superioridad o inferioridad con las cosas hay implícita una alusión al tiempo, que sería el tiempo de la acción, es porque se toma como dada la posibilidad del recuerdo.  En efecto, Bergson plantea la imagen-recuerdo como un cuarto tipo de imagen sin la cual no se podría captar el tiempo. La imagen-recuerdo llega para llenar la brecha pues, respondiendo a la afección, abre la posibilidad de guiar la acción hacia la posible mejor elección. Con el recuerdo no sólo llega la posibilidad de compensar nuestra condición de inferioridad sino que se le dará al tiempo una profundidad que el movimiento universal de la materia no puede justificar. Aunque se la explique aludiendo a huellas mnémicas, la imagen-recuerdo excede la constitución de la imagen especial como hecho material; con la memoria tenemos en principio una aprehensión del tiempo, su primera efectuación, a su vez, con la aprehensión del tiempo es que parece integrarse a nuestra relación con el mundo el hecho del pensamiento

Antes que la imagen-recuerdo lleve a la posibilidad de una dimensión temporal desligada de la sucesión del movimiento material, ésta aparece como supeditada a la vida sensorio motriz de la imagen especial; así, dado este vínculo entre el recuerdo y este orden de las imágenes que nos componen, tenemos una primera aproximación al tiempo que está ligada a la sucesión material: es nuestra experiencia compuesta de percepciones, acciones, recuerdos y afecciones la que produce inicialmente una imagen del tiempo. Existir y sentir implican una experiencia de la sucesión de los hechos y podemos imaginar esta experiencia del tiempo como un desplazamiento a lo largo de una línea horizontal.

Con el tiempo extensivo es designada la medida del movimiento en el espacio, pero el tiempo extensivo es también el tiempo de la acción frente al cual la urgencia y la productividad se dan como las exigencias para el espíritu. Espacialmente, nuestra acción puede ser tanto útil como inútil y en este sentido aparecen los recuerdos siempre en relación a presentes actuales. Con ellos la vitalidad es lo que nos impulsa hacia la línea de la acción y es aquello por lo cual rechazamos todo lo que nos sería inútil. Como en una sucesión de presentes transcurre el tiempo de la percepción, la afección y la acción, pero la relación con el tiempo se vuelve más compleja al penetrar en la naturaleza del recuerdo. La referencia al tiempo aparece vinculada en principio a la sucesión de la materia –es el tiempo extensivo-, pero con el recuerdo vemos que se actualizan estados que ya no son hechos materiales.

La imagen-recuerdo aparece vinculada a la elección, con lo cual quedaba compensada la inferioridad que define en principio la imagen afección; no obstante, será también es el tipo de imagen con el que comenzará la definición de un tiempo diferente al de la sucesión material. Con la aceptación general de un movimiento material que se extiende mucho más allá del propio cuerpo, Bergson afirma una profundidad del tiempo al decirnos que, de la misma manera, hay una memoria que excede mi conciencia. Esta profundidad es la de un interior del tiempo cuyo tratamiento comienza con la referencia a nuestro tiempo interior, pero somos nosotros los que accedemos a un interior del tiempo que comenzamos a vivir  partir de los recuerdos.

Un estudio sobre el tiempo en Bergson nos lleva a ver en los recuerdos las actualizaciones de un tiempo que no es nuestro tiempo interior, sino que es una dimensión autónoma en la que el pasado se conserva. En oposición al sentido común, en el espacio ocurren las cosas que pasan pero es en el tiempo donde las cosas se conservan y accedemos a su interior por medio de los recuerdos. Con Bergson este tiempo autónomo es representado como un volumen vertical que se inserta en el plano horizontal de la sucesión material, vemos con esto que su problema estará en el vínculo entre la extensión y el espíritu, entre la materia y la memoria y serán el espíritu y la memoria las  que nos llevan a vivirnos, ya no “en el tiempo”, sino como hechos del tiempo. Si bien este estudio excede nuestro interés, nosotros aludimos a la “profundidad del tiempo” para llegar a la posibilidad de una aprehensión del tiempo por el que la imagen se  desmarca del hecho material. Por esto, habrá que definir los componentes de un eje temporal que no se base en la sucesión y en cuyo contacto ya no será sólo el recuerdo sino el pensamiento lo que renueva la potencia de la imagen.

Santiago García Arias.

Recibido: Mayo 2013


[1]TORO, Jaime, MACROPROYECTOS DE MOVILIDAD URBANA Y LA CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDAD, cap. La carrera séptima, columna vertebral de Bogotá, ed. Fundación Universitaria Jorge Tadeo Lozano, 2007, Bogotá.

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