Por: David Martin
Desde la antigua Grecia se ha venido clasificando las diversas formas artísticas y no cabe duda que los conceptos básicos han surgido desde esa civilización, debemos remitirnos a ellos para tratar de ubicar concepciones que consideramos recientes. Una de las características que nos hace humanos es la risa y la habilidad de reírnos de nosotros mismos, nuestro entorno y de nuestros semejantes. Los griegos buscaban no sólo la reflexión y búsqueda del conocimiento, sino también la de burlarse hasta de los dioses. Las parodias llegan de esos días, y una de las primeras dateadas es la de Batracomiomaquia, un poema épico y burlesco, imitando a la Ilíada de Homero, que narra una batalla entre ranas y ratones. Esta narración se ha estimado de un autor anónimo, aunque por muchos años se consideró que fue el mismo Homero quien la escribió. Tal vez el comediógrafo más conocido de la antigüedad era Aristófanes, quién utilizaba la burla y la grosería; de él y su obra Las Nubes, se data la primera vez que el gesto de mostrar el dedo del medio o “hacer pistola” haya sido referenciado.
A lo largo de los años, el humor recayó en los bufones, parte esencial de la corte y cuya habilidad para hacer reír se basaba en su ingenio. Y desde el teatro, las pantomimas y las comedias opuestas al drama, conseguían ser obras de excelente calidad, separándose de lo que podría denominar humor físico, donde somos vulnerables a lo más básico, como una caída o un gesto. En el corto animado Duffy Dilly (Chuck Jones, 1948), el pato Lucas, que ejerce como un vendedor de bromas (flores que arrojan agua, timbres eléctricos, entre otros) escucha que un multimillonario no ha reído en cincuenta años, y quien lo logre hacer, recibirá un millón de dólares. Después de varios intentos de tratar de encontrarse con el anciano, logra entrar en su cuarto y tras un involuntario resbalón, cae sobre un pastel; arrancándole las carcajadas. El pastel en la cara no sólo cambia la fisionomía, sino que ridiculiza a quien lo recibe. Al final, lo más simple resulta ser lo más cómico. Burlarse de alguien o algo, puede ser exquisito.
Desde el inicio del cine, han surgido películas que se atreven a mofarse de otras. Quizás la primera sea Sherlock Holmes Perplejo (Arthur Marvin, 1900) donde el detective es engañado por un ladrón que se desaparece ante sus ojos. Dura tan sólo 40 segundos, pero puede tratarse de la primera burla a un personaje serio y, sobre todo, conocido por sus habilidades. Paulatinamente, empezaron a surgir más como la serie de filmes de los cómicos Abott y Costello, que incluían monstruos que en años anteriores era protagonistas de películas de terror como Frankenstein, la Momia, El Hombre Invisible, Drácula, El Hombre Lobo y el Doctor Jekyll y Mr. Hyde. Básicamente la pareja se enfrentaba a estos seres, de manera particular y cargada de humor. Como tinte adicional, los mismos actores que interpretaron los monstruos en las películas de terror como Boris Karloff, Bela Lugosi y Long Chaney Jr. retomaron sus papeles en estas comedias.
Quizás la primera reina de las parodias fue Airplane! (¿Y dónde está el piloto?, Jim Abrahams, David Zucker y Jerry Zucker, 1980). No sólo parodiaba cuatro filmes sobre calamidades aéreas estrenadas durante los 70’s, sino que se atrevió a adquirir los derechos de la película de Zero Hour! (Hall Bartlett, 1957) para modificar sus diálogos, incluir chistes, variar situaciones ilógicas y hasta cameos. Esta fórmula sigue vigente hasta nuestros días, con series de películas como Scary Movie, donde David Sucker la ha dirigido en dos ocasiones.

A pesar de que las parodias se burlan de una obra en particular, no se consideran como plagios, más bien como obras derivadas. Este concepto determina que estas obras tienen la misma protección sobre derechos de autor, de acuerdo al Convenio de Berna que protege las obras literarias y artísticas, una ley que data de 1886. Así que quizás nos guste más o menos una parodia, pero se considera como una alternativa a la original.
La más grande parodia de todas se escribió en 1605 por Miguel de Cervantes, y fue tan influenciadora que no tardaron en aparecer adaptaciones y segundas partes no autorizadas. La clave no sólo está en hacer reír, sino saber cómo hacerlo y tal vez, de quién.
Algunas referencias:

