Existir para resistir

Por María Sofía Sepúlveda

Tanta sangre que se llevó el río

yo vengo a ofrecer mi corazón

Fito Páez

Entre los meses de abril y julio del año 2021 se dio un Estallido Social en Colombia difícilmente comparable con las protestas de años anteriores, no solo por los actores implicados, sino por la recepción de la sociedad en general, la respuesta estatal y la actividad en las redes sociales. Colombia, que es un contraste entre rezagos colonialistas y posmodernidad impartida a la fuerza, no está exenta de formar parte de la Era de la Información, aún con sus problemas centenarios de violencia y desigualdad; lo que nos llevó a ser testigos de masacres transmitidas en vivo y sucesos propios de un régimen militar, viralizados en plataformas que normalmente se usan para ver escándalos y memes. Nuestra percepción del cuerpo y su memoria tanto individuales como colectivos cambiaron mucho, aún más en el contexto del Paro Nacional.

Mucho se ha repetido que quienes estuvieron detrás de la protesta son de izquierdas, o que quienes financiaron el paro eran grupos ilegales afines a estas ideologías. Estos pensamientos están disociados del trasfondo del Paro, nadie niega que muchas personas y colectivos que participaron sí que lo eran, pero el asunto va mucho más allá. Teniendo como referentes a Venezuela, Chile, Ecuador, Nicaragua, Hong Kong y Francia, donde también se desarrollaban protestas, Colombia salió a las calles en noviembre del 2019, para luego protagonizar noches de terror en Cali y Bogotá, detonados más que todo por información falsa que se esparció como pólvora por medio de mensajes en los teléfonos. En el 2020 con la Pandemia, la indignación popular no hacía sino elevar, y luego de un caso de brutalidad policial, (más la influencia de las protestas en EEUU), se regresó a la protesta, esta vez las calles de Bogotá fueron el escenario de una masacre que dejó al menos nueve muertos; nos quedó más que claro que no es lo mismo incendiar un país como Francia o Estados Unidos, que Colombia. En 2021, con todas las cuentas pendientes que tenía encima el Gobierno, se anunció una reforma tributaria que mostraba demasiadas semejanzas a las formas de la monarquía francesa, antes de la Revolución de 1789; sumado a las pobres políticas de salud para contener la emergencia sanitaria, los crímenes cometidos contra poblaciones vulnerables e innumerables escándalos de corrupción, esto fue la colilla que incendió el país.

Para nadie es un secreto que Colombia, a pesar de su riqueza étnica, adolece de un racismo heredado de la Colonia, más tarde reforzado por la creación de un Estado que solo admite la blanquitud como valor cultural*. La exclusión sistemática por raza, clase y género, y la represión hacia el cuerpo se asumió como parte del proyecto político del país, resultando en poblaciones históricamente oprimidas o marginalizadas. Por otro lado, a pesar de que esta sucesión de violencia ha sido una constante cíclica, casi en espiral, en la historia de Colombia, esto no hace que el país quede por fuera de fenómenos como la globalización, la posmodernidad o la Era de la Información. Con la migración a los medios digitales se propició un colapso histórico que contrasta la ficción de un Estado eurocéntrico, con la Era Virtual y del hiperconsumo**, sacudiendo nuestra narrativa colectiva. Fue el momento del Otro absoluto, de que ese “virus” se propagara en el circuito cerrado y en apariencia aséptico que era la sociedad “de bien”***.

Archivo propio. 28 de abril del 2021. Cali.

El 28 de abril del 2021 se tenía la certeza de que esa vez no podía ser una marcha que se disipara al mediodía, y aún con los antecedentes de brutalidad policial de los dos años anteriores y una pandemia, las concentraciones fueron multitudinarias. Ese sería solo el comienzo, el primer día de muchos. Y a pesar de que hubo disturbios y enfrentamientos, nadie imaginó todo lo que vendría.

La población empezó a crear un sentido de colectividad sin precedentes: se conformaron Primeras Líneas sin distinciones de raza, clase, estudios, género u orientación sexual (en la mayoría de los casos), en las ollas comunitarias se entendió que el hambre es la misma para todos. El arte se convirtió en otro bastión de la resistencia: música, danza, murales llenos de colores, todo pensado en fortalecer la juntanza que se había creado en pocas semanas; las individualidades que antes dividían ahora se volvían necesarias para la colectividad.

Vía WhatsApp. 1 de mayo 2021. Portada a la Libertad, Cali.

El vandalismo y los disturbios, traducción de un orden social desmoronado y de la rabia que no podía ser expresada en palabras****, alteraron la percepción de la ciudad, del sistema, del orden simbólico que teníamos de ciudadanía. Era preciso construir otra narrativa de ciudad de acuerdo a esas nuevas coordenadas, y la ciudad se renombró: en Cali se reinauguraron lugares como Portada a la Libertad, Apocalipso, Puerto Resistencia, Loma de la Dignidad, etc; estos espacios se habitaron de otra manera, se transformaron a punta de fuego, pintura, barricadas, donaciones, carteles, ollas. Lo que empezó como Paro por una reforma tributaria se convirtió en un grito colectivo por equidad, respeto por la vida, en una invitación a conformar una nueva sociedad en la que la diferencia no solo sea (vaya verbo) tolerada, sino respetada y legitimada, y en la que la ética del cuidado y las economías alternativas sean tenidas en cuenta en los proyectos sociales y políticos. En pocas palabras, la atmósfera fue tanto de incertidumbre como de compromiso político, contrario a lo que se esperaría de una generación desencantada y narcisista.

Archivo propio. 12 de junio 2021. Puerto Resistencia, Cali.

Como se dijo anteriormente, la historia de Colombia ha sido una espiral de violencia y esta vez no fue la excepción, pero aquella violencia estuvo atravesada por la virtualidad, por una sociedad que, según el filósofo francés Lipovetsky, está obsesionada con la información y la expresión. Ya no era por el voz a voz, ni por la televisión o la radio que la gente se enteraba de la cuenta diaria de muertos. Las redes sociales cambiaron por completo las dinámicas de la comunicación, ahora es mucho más difícil contar solo una versión de la historia, el relato colectivo dejó de depender de una hegemonía para existir. El Paro se apoyó en gran parte de las convocatorias hechas por redes sociales, al igual que la información del mismo: dónde había fuerza pública, dónde habían muertos y cuántos, quiénes estaban desaparecidos, dónde necesitaban donaciones. En ese momento pasó algo curioso: las redes sociales, que según el autor Deleuze, facilitan una fase más intrusiva y monstruosa del poder, ahora estaban siendo utilizadas como herramienta para defenderse del sistema mismo.

@julesravel1. Pantallazo de Instagram

Ahora pensemos en lo que implica una imagen del Paro en las redes. Según el historiador Didi-Huberman, una fotografía está permanentemente ligada a la memoria y de por sí ya tiene una eminente fuerza epidémica, es decir, de volverse viral.  Ahora pensemos en las imágenes más escabrosas que presenciamos durante esos tres meses, pensemos en un hombre de camiseta blanca disparando contra la Minga como si estuviera de cacería; en un joven que baila alegre y al siguiente minuto está sobre el pavimento empapado de sangre; en un manifestante recibiendo dos tiros en la cabeza y al minuto siguiente su verdugo siendo brutalmente linchado en plena calle; pensemos en una adolescente siendo llevada por cuatro policías, forcejeando porque sabe lo que le va a pasar; pensemos en una cabeza cercenada saliendo de una bolsa negra; en un almacén de cadena convertido en centro de tortura; y así infinidad de imágenes similares cada minuto, cada día, durante tres meses, circulando por todo el espacio cibernético sobrepasando barreras geográficas.

Según Jean Baudrillard, la excesiva proximidad del acontecimiento y su difusión en tiempo real crea una indeterminabilidad que le quita dimensión histórica y lo sustrae de la memoria, aterrizando este concepto a lo que pasó en nuestra realidad, las imágenes saturaron la psique colectiva en un intento de preservar una memoria del horror que se estaba viviendo. Esos cuerpos que eran violentados en carne y hueso se volvían imágenes virales, píxeles, sustancia fluida de las efímeras imágenes de un territorio tan vasto como lo es Internet; un cuerpo agonizante se volvía un video en cualquier aplicación de mensajería instantánea ¿Qué pasa con un cuerpo que se viraliza? ¿Qué pasa con el cuerpo que se vuelve máquina, pantalla? Se dio una fuerte confrontación entre lo virtual y lo real, mientras que las imágenes trataban de capturar la mayor cantidad de realidad posible, la realidad en sí misma se hacía absurda.

Por otro lado, para criticar la violencia, para resistirla, para desmantelarla, hay que describirla, y para esto hay que mirarla. Los videos, imágenes y envivos surgidos del Paro tenían la urgencia de llegar a la mayor cantidad de gente posible, tratar de hacer saber lo que estaba pasando incluso a quienes no querían saber. Alguna vez, la docente y artista caleña Carolina Charry escribió que eran imágenes pensadas para la preservación de la vida, antimilitares, que apelan a la democracia, escapan a la censura, crean testigos, y buscan acción política. Las imágenes se conciben como armas, como defensa, como prueba, como registro. No buscaban el heroísmo, sino la dignidad, y por su misma fuerza viral, irrumpían en el orden de la “noble mentira” que venía manejando la clase política. Esta resistencia era tal como lo dijo Didi-Huberman:

“Elevar el propio pensamiento al enojo, elevar el propio enojo hasta el punto de quemarse a uno mismo. Para mejorar, para denunciar serenamente la violencia del mundo”

Foto: Pablo Daza. 2 de julio 2021. Loma de la Dignidad, Cali.

Estas imágenes arrebatadas a la realidad, volvieron imaginable lo inimaginable, nombraron lo que no tenía nombre. Surgieron por la necesidad de preservación de la memoria, como soporte del testimonio, que de por sí está ligado a la imprecisión y a la falta de credibilidad. Había que darle forma a “la violencia”, que nombrada parece abstracta, pero en la realidad nunca lo es.

No bastaba con ejercerla físicamente, sino que también desde el mismo establecimiento se generaban otros tipos de violencia: la deshumanización facilitó que se normalizara. Yendo más al fondo, no era suficiente acabar con la vida de las personas, también había que desaparecer los cuerpos, y luego negar su validez como seres humanos. Frases como “murió por estar en la Primera Línea”, “algo estaría haciendo para que le pasara eso”, “un santo no era” o “lo merecían por no hacer lo que debían” son recurrentes para invalidar una denuncia; y aquí entra lo que Hannah Arendt llamaba “la elocuencia del Diablo”, o la maquinaria de la desimaginación, que es la tergiversación del lenguaje para borrar la realidad. Ya no eran desaparecidos, sino “personas no localizadas”, ya no eran “masacres”, sino “asesinatos colectivos”, la Minga fue llamada “problema indígena”, cualquier manifestante era un “vándalo” y los civiles que disparaban a mansalva eran “ciudadanos de bien”.

Archivo propio. 20 de julio 2021. Loma de la Dignidad, Cali.

Vuelvo a Didi-Huberman: “Pese a todo, imágenes: pese a nuestra propia incapacidad para saber mirarlas tal y como merecerían, pese a nuestro propio mundo atiborrado, casi asfixiado, de mercancía imaginaria”. Se sabe que toda imagen está de alguna manera intervenida o manipulada, o tomada con una intención voluntaria, la cuestión es saber cómo está hecha y para qué, y estas imágenes de las que nos alimentamos durante el Paro Nacional, merecen no quedarse como íconos del horror vivido, ser vistas solo con morbo, o peor aún, ser llevadas por la corriente de información del Internet. Estas imágenes deben quedar en el imaginario colectivo, ser parte del relato histórico de un proceso del cual todos participamos en alguna medida, o ser un apoyo a la memoria de la fisura social a la que asistimos. Tanto las terribles como las afortunadas, incluso las más infames. Aun cuando los escombros se levantaron, las paredes se pintaron y los muertos se enterraron, el país no volvió a ser el mismo, y no puede volver a ser el mismo. Este Estallido nos mostró otras formas de vivir la ciudad, de vivir la colectividad, de habitar el cuerpo, y de mirar las imágenes. No lo podemos olvidar.

“Por nuestros muertos ni un minuto de silencio. Toda una vida de combate”

Archivo propio. 11 de julio 2021. Uniresistencia, Cali.

Cali, 2021

Referencias

*Santiago Castro Gómez (2005)

** Gilles Lipovetsky (2000)

***Jean Baudrillard (2000)

****Slavoj Zizek (2012)

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