Redefinición de arte: ¿Evolución conceptual o legitimación de lo absurdo?

Por: Marian Urbáez

La definición de arte ha experimentado una constante ampliación, a medida que su concepto se adapta a percepciones subjetivas, contextos temporales y visiones idealistas. Para comprender su origen más elemental, resulta pertinente atender a su dimensión etimológica y a las definiciones académicas que lo sustentan. La Real Academia Española lo describe, por un lado, como la “capacidad o habilidad para hacer algo” y, por otro, como la “actividad consistente en crear obras que, mediante recursos plásticos, visuales, sonoros o literarios, produzcan una experiencia estética o intelectual”. No obstante, entre estas acepciones también se encuentra aquella que lo concibe como un “conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer algo”, definición que contrasta con las tendencias contemporáneas, en las que el arte disruptivo se erige como manifestación de rebeldía vanguardista y afirmación subjetiva. En este contraste se revela cómo la línea que delimita lo que puede considerarse arte, en practica, se ha vuelto cada vez más difusa.

Un repaso a la historia del arte nos muestra como la mimesis se consideró el canon de excelencia durante siglos. Con el tiempo, el arte religioso marcó una etapa de predominio en la que las obras estaban al servicio de lo sagrado, hasta que la llegada del Renacimiento cambió todo. El antropocentrismo permitió situar al hombre, no solo su figura, sino sus pensamientos y emociones, al centro de la producción estética. A partir de este cambio se gestaron las corrientes modernas, postmodernas y vanguardistas, siendo esta última la que impulsó el salto de lo cotidiano hacia la producción plasmada de rebeldía e innovación, superponiendo la estética sobre la habilidad humana y la provocación arrebata protagonismo al oficio. Desde entonces, algunos objetos han sido cuestionablemente elevados a la categoría de obra, más por su carga conceptual, por así decirlo, que por la habilidad manual implicada en sí.

La redefinición a través de la provocación y lo absurdo

En la XXXI Bienal Nacional de Artes Visuales, celebrada este año en el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, Karma Davis Pérez presentó una palma real bajo la categoría de escultura viva, titulada «Lo que se saca de raíz vuelve a crecer». No solo fue seleccionada y convocada para participar, sino que además resultó premiada en su categoría, por encima de otras propuestas que, a diferencia de la palmera, cumplían con los criterios establecidos en las bases del concurso. A estas alturas, difícilmente se encuentra una lógica o justificación que avale la participación y mucho menos el triunfo de una planta en una categoría destinada a la escultura. A todo esto, queda como evidencia la de moda romper las reglas y eso se confirma si se echa un vistazo en retrospectiva.

Figura 1. Ceci n’est pas une palme (Referencia a las obras de Magritte). – Marian Urbáez

Décadas antes, en 1917, Marcel Duchamp presentó su famoso Fontaine, un urinario firmado con el seudónimo de R. Mutt, desafiando las normas al proclamar que cualquier objeto cotidiano podía convertirse en obra de arte. Mucho tiempo después, en 2019, Maurizio Cattelan presentó Comedian, una banana real pegada a la pared con cinta adhesiva, que causó furor en Art Basel Miami. Más adelante, David Datuna, artista performático, se comió una de las bananas exhibidas durante la exposición, en un acto al que llamó Hungry Artist, gesto que encontró ecos en la polémica sobre lo absurdo en el arte contemporáneo. Finalmente, en 2021, el italiano Salvatore Garau llevó la ruptura al extremo con la venta en Milán de una escultura invisible, es decir, una obra inmaterial sustentada únicamente en la idea y en el certificado que la validaba.

El debate sobre el arte y la inteligencia artificial

En esta misma línea de cuestionamientos, resulta inevitable reflexionar sobre la irrupción del arte generado por inteligencia artificial en la actualidad, fenómeno que ha transformado en pocos años tanto la producción como el consumo de imágenes. Programas capaces de crear retratos, paisajes o abstracciones en cuestión de segundos han sido celebrados en exposiciones y, en algunos casos, vendidos en subastas a precios considerables, como ocurrió en 2018 con Edmond de Belamy y un retrato creado por un algoritmo. ¿Puede considerarse arte aquello que carece de la intervención manual, de la destreza aprendida y del proceso creativo humano? Los defensores sostienen que el valor radica en la idea del programador y en la capacidad de la máquina de expandir horizontes estéticos, mientras que los críticos denuncian que no se trata de una creación artística en sentido estricto, sino de una sofisticada imitación estadística que opera sobre imágenes preexistentes. Entre el debate en torno al arte por inteligencia artificial y la conceptualización artística, matando el arte mediante su indiferencia, se revela una paradoja similar a la de las llamadas “obras absurdas”, en donde el reconocimiento institucional y mercantil parece descansar más en la novedad y en la provocación que en las técnicas cultivadas por la mano humana.

Estas instancias generan una tensión inevitable que crea algunas cuestionantes. ¿Pueden llamarse arte objetos cuya ejecución no requiere habilidad manual, sino una idea, una provocación o una etiqueta institucional? Si el arte ha sido definido por técnicas desarrolladas por manos humanas, ¿Cómo justificamos el valor de lo efímero, lo sustituible o lo vaciado de presencia física? ¿Es suficiente con una idea respaldada por una galería y certificada para que un objeto común, o la ausencia de este, se considere arte? En este punto, se genera la controversia sobre si lo que valoramos es el objeto, el concepto o simplemente el espectáculo. Todo indica que habrá que revisar nuevamente la definición de arte y su progresivo significado adaptado a los preceptos de la actualidad, puesto que su redefinición queda oscilando entre la evolución conceptual y la peligrosa fascinación por lo absurdo.

Referencias Bibliográficas

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