Por: David Martín
Una de las capacidades que posee el cerebro es la de almacenar recuerdos, eventos que ocurrieron alguna vez y que otorgan ya sea felicidad o tristeza. Pueden ser pequeños, como haberse encontrado una moneda en la calle; o extraordinarios, como un viaje. En ambos casos, nuestra memoria trae el momento vivido, aunque no con exactitud. Por ejemplo, es posible que no recordemos el valor de la moneda o el número de la habitación donde nos hospedamos. Pero si aún conservamos en algún lugar esa moneda o la factura del hotel, ese objeto nos ayuda a revivir el momento. Esa es una de las particularidades cuando se inicia en el coleccionismo, evocar un suceso agradable.
Aunque la moneda o la factura sean considerados banales y sin valor considerable, sirvieron para activar un recuerdo. Ahora traslademos esa idea a algo que ya no poseemos: un carro de juguete que recibimos de cumpleaños, una muñeca en navidad, unos zapatos tenis con los que jugábamos fútbol; que, al verlos en una página de internet, nos rememora un momento y por eso, queremos tenerlo de nuevo, posiblemente porque su pertenencia nos brinda alegría y nostalgia.
Sin importar de qué clase de objeto estemos hablando, la adquisición de uno en particular invoca el pasado, e inclusive, a una persona. Lo interesante es que, al conseguir este objeto, nos despierta el interés de la búsqueda de otro o de varios similares, que bien nos pueden traer más imágenes, o el querer construir un imaginario de un ideal que, a partir del coleccionar, nos resulte satisfactorio, haciéndolo parte de nuestra vida.
En los últimos años, el coleccionar se ha visto como una práctica común donde se invierten altas cantidades de dinero y que, para muchos, trata de crear enlaces con la niñez o simplemente demostrar una fortaleza económica. Pero más allá de eso y podemos decir que es la recuperación de artefactos de otros tiempos, el otorgar un significado y un valor histórico a algo, una identidad, generar un rastro de su origen o que sea un símbolo de una parte de nuestra propia existencia.
Gracias a las redes sociales, el coleccionismo se ha integrado y los ejercicios de compra, venta e intercambio, han emergido gradualmente en el mundo, por lo que nuestro país no ha sido la excepción. En el libro Memorabilia, Historia del Coleccionismo Pop en Colombia de Andrés Patiño Garzón (La Valija de Fuego, 2025), no sólo nos cuenta el inicio y evolución del coleccionismo a nivel global, sino que se enfoca en el surgimiento de esta afición, inclusive desde tiempos precolombinos, pasando por la colonia; y, sobre todo, el comienzo de la industrialización y la generación masiva de cromos, tarjetas, figuras y juguetes, objetos promocionales de marcas de gaseosas, helados y chocolatinas.
Con cada párrafo leído, se invoca no sólo la esencia de un coleccionable, es una llamada a regresar en el tiempo, enumerar y darle un lugar en nuestro presente. Puede ser hasta sorpresivo toparse con información que desconocíamos como la fábrica en que se producía o que otros países de Latinoamérica tuvieron la oportunidad de distribuirlo. También el libro nos habla de como el comercio empezó a ganar fuerza por las cosas adicionales que ofrecían, su producción y origen, por lo que también es excusa para una retrospectiva de la historia de la economía en nuestro país.
Más que una guía, se nos ofrece una cantidad considerable de recuerdos que, sin importar la edad, podemos asociar con nuestra cultura y nos brinda información oportuna de los mismos, abriendo un baúl inagotable de memorias, tanto personales como de nuestra familia. Una excusa perfecta para iniciar una cacería por los mercados virtuales y de pulgas, los anticuarios y los cuartos de san Alejo, que aún albergan nuestros tesoros más preciados.
Bogotá 2025

